La explotación minera del Cerro Rico de la ciudad de Potosí es el paradigma de una ignominia para sus trabajadores mineros, o así lo veo yo desde mi punto de vista de un burgués europeo, y me explico..
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Aquellos codiciosos y avarientos colonizadores españoles esclavizaron a miles de aborígenes para extraer la plata de sus entrañas; tanto ha salido del precioso metal cuanto sangre y sufrimiento derramados. Actualmente parece que poco ha cambiado y asistimos a formas modernas de esclavitud. Ya no es el tirano ultramarino quien aprieta el calcañal si no el hambre y la ausencia de oportunidad laboral alguna para estos desgraciados.
Tras la visita de una de sus minas, muchas abiertas aún después de quinientos años, uno no puede por menos de aborrecer la especie humana. -¿Cómo es posible que haya congéneres trabajando en tales condiciones? En efecto, nada ha cambiado....
En la foto , estoy con Juan Jerónimo, jefe de grupo y responsable de las detonaciones ("perforista" se hace llamar) de la vena del mineral. Todo en su mirada es tristeza tras veintipico de años pasados en la hura. Los mineros lucen flemones por tener siempre la boca atestada de hojas de coca, lo único que gracias a su alcaloide les hace pasar alivios de sed, hambre, calor y cansancio, y crearles un falso estado de placidez, lo suficiente como para hacerles ser menos conscientes de la vida perruna que en suerte les ha tocado vivir.
Estos muchachos no tienen más de diecisiete años. Desde las tres de la madrugada están arrastrando las vagonetas a lo largo de cientos de metros que mide la la galería.
Tienen que ir totalmente doblados porque la altura de la misma rara vez pasa del metro y medio de altura para no cascar testa contra el entibado. Avanzando siempre entre el cieno que cubre los rieles. No llevan ni ropa de trabajo adecuada.
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Aquellos codiciosos y avarientos colonizadores españoles esclavizaron a miles de aborígenes para extraer la plata de sus entrañas; tanto ha salido del precioso metal cuanto sangre y sufrimiento derramados. Actualmente parece que poco ha cambiado y asistimos a formas modernas de esclavitud. Ya no es el tirano ultramarino quien aprieta el calcañal si no el hambre y la ausencia de oportunidad laboral alguna para estos desgraciados.
Tras la visita de una de sus minas, muchas abiertas aún después de quinientos años, uno no puede por menos de aborrecer la especie humana. -¿Cómo es posible que haya congéneres trabajando en tales condiciones? En efecto, nada ha cambiado....
Tienen que ir totalmente doblados porque la altura de la misma rara vez pasa del metro y medio de altura para no cascar testa contra el entibado. Avanzando siempre entre el cieno que cubre los rieles. No llevan ni ropa de trabajo adecuada.
Aun así son capaces de esbozar una tímida sonrisa para posar dignamente ante el fotógrafo.
Asì que cuando les digan aquello de que "vales un potosí", que sepan que es el mejor cumplido que se puede recibir...
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