El deleite que supone el toparse con un monasterio perdido
El hacer excursiones pedestres en Grecia tiene un encanto añadido. A la calidad de sus paisajes se le añaden salpimentados miles de pequeños monasterios que uno se topa sin quererlo. Los montañeros y excursionistas adoramos los lugares donde la naturaleza se manifiesta espléndida, precisamente los lugares elegidos por los monjes para erigir sus cartujas muchos siglos antes.
Los monjes cristianos de oriente o bizantinos tienen una visión diferente de la vida monacal de la de los de occidente; o, al menos, en el diseño de los santuarios: aquéllos no entendieron su acercamiento a Dios sin fundirse, como un ser vivo más, en la naturaleza que los envuelve. Es una arquitectura orgánica, plenamente integrada en el paisaje, donde no hay ningún elemento ni construcción que rompa la armonía del lugar.
Al contrario, los monasterios católicos dieron más importancia a la rigidez de las formas geométricas y a los grandes volúmenes de las edificaciones, y sus monjes no requirieron tanto de alejamiento de las urbes como sus adláteres ortodoxos; aunque ambas corrientes monásticas compartan el mismo fin de ocupar el escalón central entre el cielo y la tierra.
Uno se acerca tímidamente al pequeño cenobio semioculto entre zarzas y muros caídos, abre la puerta (qué delicia ver aún espacios abiertos donde no se considere a nadie ajeno), la traspasa, y se adentra en un mundo misterioso. Los frescos con pasajes bíblicos, santos y mártires, ennegrecidos por las humedades y por el paso del tiempo atiborran las paredes del templo. Siempre hay velas invitando a ser encendidas para dar un poquito de luz dentro de la minúscula nave, casi de juguete.
Y de repente, los iconos, tan hieráticos y desconocedores de la tridimensión, cobran vida al salir de la oscuridad y mostrar sus dorados y otros resplandecientes colores; los ojitos de la Virgen, de Jesús y de los santos escudriñan con afecto y ternura al osado visitante.
Minutos después el pequeño monasterio vuelve a su letargo esperando que algún peregrino, feligrés o curioso tenga el acierto de pasar por ese lugar de paz para abrir de nuevo la puertecita.