domingo, 11 de diciembre de 2016

la perfección de la escultura helena

Hay que ver la pericia y el buen gusto con que trató el escultor a su modelo, quizás un joven soldado, un hijo de algún acaudalado comerciante o de algún importante personaje público.
El artista no sólo se conformó con hacer un estupendo busto de un hermoso varón, con perfecta simetría e inmejorable acabado, si no que buscó el dotarle de una serena belleza, sin rasgos duros o pronunciados que pudieran afearle el rostro.
Pero además quiso arrancarle una tenue expresividad, casi imperceptible, pero lo consiguió. Y detrás de ese calmoso y sosegado rictus vemos una sensualidad en el rictus, quizás gracias a esa airosa barba y a los labios levemente abiertos.
Y aprecio un leve mohín de satisfacción, casi esbozando una sonrisa, y tanto advierto estos rasgos como sus opuestos, pues este varón sin duda está preocupado o, quizás, se nos muestra un tanto nostálgico a juzgar por su recto semblante.
Desde luego el pueblo heleno de la antigüedad fue un pueblo cultivado, exquisito y refinado porque su alta y rica producción artística de todo orden así le fue moldeando.

Meteora

Meteora justifica por sí mismo una visita a Grecia.
Los monjes medievales vieron aquellas torres inexpugnables el lugar perfecto para desarrollar su vida contemplativa; los roquedos les dieron defensa contra el hostigamiento otomano y les arrimaron unos cientos de metros al dios celestial. No en vano meteora significa "más cerca del cielo" o "caído del cielo". Y sin dificultad todos ya estamos pensando en la palabra meteorito o meteorología...
Pues bien, tanto quisieron recluirse esos monjes cristianos ortodoxos y alejarse del mundanal ruido que, hasta hace relativamente poco tiempo (un siglo), la entrada y salida a esos monasterios colgados y colgantes (24 en sus mejores tiempos) solo se lograba con la ayuda de cuerdas y poleas y, más modernamente, con rudimentarios teleféricos.
El paisaje es sobrecogedor ya que el conjunto de negros y escarpados riscos esparcidos por el valle son de una belleza inusitada. Los monasterios coronando sus cumbres son la guinda del pastel.
Háganme caso y no olviden visitarlo cuando viajen a Helenia...

el monasterio perdido


El deleite que supone el toparse con un monasterio perdido

El hacer excursiones pedestres en Grecia tiene un encanto añadido. A la calidad de sus paisajes se le añaden salpimentados miles de pequeños monasterios que uno se topa sin quererlo. Los montañeros y excursionistas adoramos los lugares donde la naturaleza se manifiesta espléndida, precisamente los lugares elegidos por los monjes para erigir sus cartujas muchos siglos antes.
Los monjes cristianos de oriente o bizantinos tienen una visión diferente de la vida monacal de la de los de occidente; o, al menos, en el diseño de los santuarios: aquéllos no entendieron su acercamiento a Dios sin fundirse, como un ser vivo más, en la naturaleza que los envuelve. Es una arquitectura orgánica, plenamente integrada en el paisaje, donde no hay ningún elemento ni construcción que rompa la armonía del lugar.
Al contrario, los monasterios católicos dieron más importancia a la rigidez de las formas geométricas y a los grandes volúmenes de las edificaciones, y sus monjes no requirieron tanto de alejamiento de las urbes como sus adláteres ortodoxos; aunque ambas corrientes monásticas compartan el mismo fin de ocupar el escalón central entre el cielo y la tierra.
Uno se acerca tímidamente al pequeño cenobio semioculto entre zarzas y muros caídos, abre la puerta (qué delicia ver aún espacios abiertos donde no se considere a nadie ajeno), la traspasa, y se adentra en un mundo misterioso. Los frescos con pasajes bíblicos, santos y mártires, ennegrecidos por las humedades y por el paso del tiempo atiborran las paredes del templo. Siempre hay velas invitando a ser encendidas para dar un poquito de luz dentro de la minúscula nave, casi de juguete.
Y de repente, los iconos, tan hieráticos y desconocedores de la tridimensión, cobran vida al salir de la oscuridad y mostrar sus dorados y otros resplandecientes colores; los ojitos de la Virgen, de Jesús y de los santos escudriñan con afecto y ternura al osado visitante.
Minutos después el pequeño monasterio vuelve a su letargo esperando que algún peregrino, feligrés o curioso tenga el acierto de pasar por ese lugar de paz para abrir de nuevo la puertecita.

miércoles, 20 de enero de 2016

Estampas bolivianas: (II) La mina La Negra de Cerro Rico (Potosí)



Quería dar por rematada la serie de estampas bolivianas para no resultar cansino pero, de entre las muchas cosas que aún se me pasan por la cabeza y que prefiero dejar ya en el tintero, no quería despedirla sin sacar a la palestra esta otra imagen que capté durante mi visita a la mina La Negra, sita en la falda del Cerro Rico en la ciudad de Potosí, para entregarles otra crónica de mi cosecha. Y aunque el texto va largo lo lanzo por si alguno de ustedes tiene a bien dispensar dos minutos en leerlo.


Este estrafalario personaje de la foto adjunta, que habita los recovecos de alguna galería ciega, a modo de capillita cavernaria, lo llaman El Tío, y es importantísimo en el devenir cotidiano de la mina; es un ejemplo más de la cosmovisión andina, muy alejada del racionalismo que ya impera en nosotros, los europeos, incapaces de percibir o sentir nada que no seamos capaces de ver y palpar por nosotros mismos, o que no se nos sea expuesto con una base científica. A pesar de la dificultad de comprender y explicar el mundo de las creencias anímicas, me reto y procedo a narrar lo que allí vi y se me explicó, porque el hecho se las trae, por curioso al menos...


Y es que a mediados del siglo de XVI (omito la leyenda de cómo se descubrió la presencia del precioso metal en el cerro) llegó a oídos del recién llegado conquistador español la existencia de abundante plata (y a flor de piel) en el cerro Sumaq Orcko (Cerro Rico), una perfecta pirámide de más de cinco mil metros de altura, ahora ya menguada su cúspide en trescientos metros por tantos siglos arañándole la roca argéntea. Inmediatamente aquellos avarientos colonizadores tomaron la montaña en nombre de los reyes y organizaron la explotación del cerro. La mano de obra necesaria enseguida la encontraron en las comunidades aborígenes cercanas. El invasor, muy ladino, como siempre es el invasor, se aprovechó de un sistema de explotación humana que copiaron de los incas, los invasores precedentes, así que a estos indígenas no les pilló de nuevas el método nominado como "la mita", por la cual aquéllos tenían la obligación de trabajar en la construcción de obra pública (caminos, palacios, pirámides,...) en favor del del gran Inca y de su imperio. Y el español lo extrapoló al trabajo en la mina (Se hubieran inventado de todas formas cualquier otro sistema de esclavitud).

Enseguida Potosí se fue dotando de ingenios para molturar y extraer el mineral y en pocas décadas ciento sesenta mil almas poblaron ese secarral del altiplano; dicen que fue la mayor ciudad del orbe en esa época, por delante de ciudades importantes como Londres, París o la propia metrópoli.

Aquellos desgraciados obreros mitayos se sublevaron una y otra vez contra el opresor pero de nuevo éste echó mano de la astucia para acallarlos sin tener que acudir a sofocar las revueltas sangrientamente (que tampoco le hubiera temblado el pulso llegado el caso), y es que el tirano advirtió de que los nativos eran fuertemente supersticiosos y creyentes en seres sobrenaturales como la Pachamama o Madre Tierra como principal, pero también en otras deidades que habitaban el intramundo y, por tanto, las montañas, a las que tienen un gran respeto, por cierto. 

Taimadamente, decía, el invasor tomó tales entes sagrados, los cuales hasta ahora solo permanecían en su mundo espiritual e imaginativo, y se los presentó en forma de estatuas de madera o greda, con un aspecto intimidatorio por demoníaco y se les dijo "Éste es tu dios...". Aquellos moradores del cerro, y por corrupción fonética, a ese "dios" lo llamaron "tió" (el sonido "d" no existe en la lengua quechua y la "s" aspirada fácilmente se omite por evaporación de ese sonido), y se fue convirtiendo en un ejemplo más de sincretismo religioso donde el advenedizo catolicismo se solapa con la cosmogenia andina (Reparemos en que la representación pictórica de La Virgen María de las iglesias andinas es la Pachamama pasada por el tamiz de la nueva religión).

Con ese fácil ardid, consistente en infligir gran temor merced a ese diablesco ser sobrenatural (nada nuevo por otra parte, ya que quien ostenta el poder siempre convoca al miedo para que el súbdito aborrezca eventuales mudanzas), consiguió el nuevo amo sojuzgar al indio. Si el Tío no era convenientemente atendido él se iba a encargar de traer enfermedades, hambrunas y los siete males a él, a su familia y a todo su pueblo, e hizo asociar, o mejor dicho enfatizar el carácter ambivalente, que ya lo tenía, de ese dios-estatua: como provisor de bienes y castigador cuando se le provoca al enojo.

Y de aquellas lluvias, aquestos lodos.... No hay minero que no le rinda pleitesía con generosas ofrendas, y así al Tío no le falta nunca tabaco que fumar, chicha o cerveza que beber, hoja de coca que mascar y tiras de confeti con qué engalanarse. La esplendidez del minero se verá recompensada con una dadivosidad del Tío en forma de pronto y pingüe filón de plata (y ya casi agotada ésta, pues que sea de los nuevos minerales como el estaño, plomo y zinc, que también son bienvenidos). Un defecto en la observancia del respeto traerá a buen seguro su cicatería: merma en el mineral y más ganga y lo que es peor, accidentes y derrumbes con sepultamiento. Los mineros noveles y jóvenes que soslayan al Tío enseguida son enmendados la plana por los veteranos para que le atiendan con suficiencia no vaya a ser que traiga mal agüero. Y en esas estamos....

Cada mina tiene su propio Tío, y son varias decenas de ellas las que siguen vigentes, y más de cinco mil galerías las que horadan el cerro cuyo interior es como un queso de Gruyère. Decenas de Tíos pueblan lúgubres escondrijos, tan solo ornamentados con los chupiteles blancos del arsenio, esperando veneración y agasajos de los esforzados mineros, que no tienen bastante con la que les ha caído encima sino que tienen que estar igual de pendientes del amo de las profundidades. De tal suerte que si topan con buena vena de mineral es el Tío el que les ha mostrado su júbilo; y si no es así, es culpa de los mineros que han sido rácanos y desagradecidos en ofrendas y plegarias. Muy buena la postura del señorón que así nunca falla y siempre cae de pie como los gatos...

Con todo y con ello, y a pesar de la incomprensión y perplejidad, el descubrir estos tesoros de la idiosincrasia de los pueblos es lo que hace que el viaje sea, más que un período de disfrute vacacional, una experiencia vital que nunca cae en saco roto...


Estampas bolivianas: (I) La mina La Negra de Cerro Rico (Potosí)



La explotación minera del Cerro Rico de la ciudad de Potosí es el paradigma de una ignominia para sus trabajadores mineros, o así lo veo yo desde mi punto de vista de un burgués europeo, y me explico..
..
Aquellos codiciosos y avarientos colonizadores españoles esclavizaron a miles de aborígenes para extraer la plata de sus entrañas; tanto ha salido del precioso metal cuanto sangre y sufrimiento derramados. Actualmente parece que poco ha cambiado y asistimos a formas modernas de esclavitud. Ya no es el tirano ultramarino quien aprieta el calcañal si no el hambre y la ausencia de oportunidad laboral alguna para estos desgraciados.

Tras la visita de una de sus minas, muchas abiertas aún después de quinientos años, uno no puede por menos de aborrecer la especie humana. -¿Cómo es posible que haya congéneres trabajando en tales condiciones? En efecto, nada ha cambiado....

En la foto , estoy con Juan Jerónimo, jefe de grupo y responsable de las detonaciones ("perforista" se hace llamar) de la vena del mineral. Todo en su mirada es tristeza tras veintipico de años pasados en la hura. Los mineros lucen flemones por tener siempre la boca atestada de hojas de coca, lo único que gracias a su alcaloide les hace pasar alivios de sed, hambre, calor y cansancio, y crearles un falso estado de placidez, lo suficiente como para hacerles ser menos conscientes de la vida perruna que en suerte les ha tocado vivir.




Estos muchachos no tienen más de diecisiete años. Desde las tres de la madrugada están arrastrando las vagonetas a lo largo de cientos de metros que mide la la galería.
Tienen que ir totalmente doblados porque la altura de la misma rara vez pasa del metro y medio de altura para no cascar testa contra el entibado. Avanzando siempre entre el cieno que cubre los rieles. No llevan ni ropa de trabajo adecuada.
Aun así son capaces de esbozar una tímida sonrisa para posar dignamente ante el fotógrafo.
Asì que cuando les digan aquello de que "vales un potosí", que sepan que es el mejor cumplido que se puede recibir...












Estampas bolivianas: La Paz



La Paz ocupa toda una hoya que el altiplano ha permitido excavar. La ciudad de arriba, de la meseta, quizás más populosa aún, es El Alto. Las barriadas suburbiales se apostan en sus laderas mientras que el fondo del vaso queda para el alma de la ciudad y, ya en el extrarradio, para las zonas residenciales ricas.

Por el fondo de la hondonada, digo, o por la quilla que dirìamos si asimiláramos tal hoya a una gran nave, queda atravesada por la gran avenida. Como La Paz ha ido creciendo sin orden ni concierto, esa concurrida arteria vial drena necesariamente, ya que no hay otras vías alternativas, todo el tránsito de vehículos y personas; no se puede ir a ningún punto de la urbe sin tener que pisar tal avenida en algún tramo.




De esa guisa, cruzarla y discurrir por ella es reto solo para titanes, como considero a los paceños. Pero éstos han conseguido hacer de ese maremagno un baile donde todo el mundo es capaz de irrumpir en la pista sin tocarse; pues el empujón y el embiste en la pugna por abrirse hueco es solo intencional.

Comienza el baile. Y a la palestra concurren los destartalados y bocineros autos; los minibuses con el pinche cantando a través de la ventanilla las próximas paradas, confundida la retahíla con un reguetón que exhala su interior; taxistas de conducción nerviosa, parejas de amartelados adolescentes que en las ciudades andinas van pegados como lapas; los apresurados ejecutivos; las elegantes señoras cholas, inmaculadamente vestidas al uso tradicional, con sus brillantes y coloridas mantillas y chales y el sombrero bombín bien calado; las vendedoras, siempre cargadas con el género dentro del pesado fardo; escolares uniformados al uso de algún colegio con nombre de papa, santo o virgen; el mendigo sin rumbo fijo y cómo no, el malabarista que aguarda y acecha en el atasco en busca de calderilla que a cuentagotas le va cayendo.

Y todos ellos en la escena se cruzan y pasan y milagrosamente no pasa nada porque los paceños, en definitiva, han conseguido hacer de ese caos y con perfecta sincronía de movimientos, puro arte. Es el orden de la entropía y la belleza del desorden.

La red de teleféricos que se ha diseñado (tres en marcha y otros tantos en proyecto) aportan un alto grado de sensatez a la movilidad urbana, pues permite alcanzar grandes distancias rápida, económica y placenteramente, favoreciendo el solaz con las excepcionales vistas de las montañas, sobre todo del omnipresente guardiàn Nevado Illimani, sentir el silencio y respirar aire limpio. Y para el turista el sobrevuelo supone la mejor forma de captar la magnificencia, exceso y raro diseño de esa gran ciudad.