Quería dar por rematada la serie de estampas bolivianas para no resultar cansino pero, de entre las muchas cosas que aún se me pasan por la cabeza y que prefiero dejar ya en el tintero, no quería despedirla sin sacar a la palestra esta otra imagen que capté durante mi visita a la mina La Negra, sita en la falda del Cerro Rico en la ciudad de Potosí, para entregarles otra crónica de mi cosecha. Y aunque el texto va largo lo lanzo por si alguno de ustedes tiene a bien dispensar dos minutos en leerlo.
Este estrafalario personaje de la foto adjunta, que habita los recovecos de alguna galería ciega, a modo de capillita cavernaria, lo llaman El Tío, y es importantísimo en el devenir cotidiano de la mina; es un ejemplo más de la cosmovisión andina, muy alejada del racionalismo que ya impera en nosotros, los europeos, incapaces de percibir o sentir nada que no seamos capaces de ver y palpar por nosotros mismos, o que no se nos sea expuesto con una base científica. A pesar de la dificultad de comprender y explicar el mundo de las creencias anímicas, me reto y procedo a narrar lo que allí vi y se me explicó, porque el hecho se las trae, por curioso al menos...
Y es que a mediados del siglo de XVI (omito la leyenda de cómo se descubrió la presencia del precioso metal en el cerro) llegó a oídos del recién llegado conquistador español la existencia de abundante plata (y a flor de piel) en el cerro Sumaq Orcko (Cerro Rico), una perfecta pirámide de más de cinco mil metros de altura, ahora ya menguada su cúspide en trescientos metros por tantos siglos arañándole la roca argéntea. Inmediatamente aquellos avarientos colonizadores tomaron la montaña en nombre de los reyes y organizaron la explotación del cerro. La mano de obra necesaria enseguida la encontraron en las comunidades aborígenes cercanas. El invasor, muy ladino, como siempre es el invasor, se aprovechó de un sistema de explotación humana que copiaron de los incas, los invasores precedentes, así que a estos indígenas no les pilló de nuevas el método nominado como "la mita", por la cual aquéllos tenían la obligación de trabajar en la construcción de obra pública (caminos, palacios, pirámides,...) en favor del del gran Inca y de su imperio. Y el español lo extrapoló al trabajo en la mina (Se hubieran inventado de todas formas cualquier otro sistema de esclavitud).

Enseguida Potosí se fue dotando de ingenios para molturar y extraer el mineral y en pocas décadas ciento sesenta mil almas poblaron ese secarral del altiplano; dicen que fue la mayor ciudad del orbe en esa época, por delante de ciudades importantes como Londres, París o la propia metrópoli.
Aquellos desgraciados obreros mitayos se sublevaron una y otra vez contra el opresor pero de nuevo éste echó mano de la astucia para acallarlos sin tener que acudir a sofocar las revueltas sangrientamente (que tampoco le hubiera temblado el pulso llegado el caso), y es que el tirano advirtió de que los nativos eran fuertemente supersticiosos y creyentes en seres sobrenaturales como la Pachamama o Madre Tierra como principal, pero también en otras deidades que habitaban el intramundo y, por tanto, las montañas, a las que tienen un gran respeto, por cierto.
Taimadamente, decía, el invasor tomó tales entes sagrados, los cuales hasta ahora solo permanecían en su mundo espiritual e imaginativo, y se los presentó en forma de estatuas de madera o greda, con un aspecto intimidatorio por demoníaco y se les dijo "Éste es tu dios...". Aquellos moradores del cerro, y por corrupción fonética, a ese "dios" lo llamaron "tió" (el sonido "d" no existe en la lengua quechua y la "s" aspirada fácilmente se omite por evaporación de ese sonido), y se fue convirtiendo en un ejemplo más de sincretismo religioso donde el advenedizo catolicismo se solapa con la cosmogenia andina (Reparemos en que la representación pictórica de La Virgen María de las iglesias andinas es la Pachamama pasada por el tamiz de la nueva religión).
Con ese fácil ardid, consistente en infligir gran temor merced a ese diablesco ser sobrenatural (nada nuevo por otra parte, ya que quien ostenta el poder siempre convoca al miedo para que el súbdito aborrezca eventuales mudanzas), consiguió el nuevo amo sojuzgar al indio. Si el Tío no era convenientemente atendido él se iba a encargar de traer enfermedades, hambrunas y los siete males a él, a su familia y a todo su pueblo, e hizo asociar, o mejor dicho enfatizar el carácter ambivalente, que ya lo tenía, de ese dios-estatua: como provisor de bienes y castigador cuando se le provoca al enojo.
Y de aquellas lluvias, aquestos lodos.... No hay minero que no le rinda pleitesía con generosas ofrendas, y así al Tío no le falta nunca tabaco que fumar, chicha o cerveza que beber, hoja de coca que mascar y tiras de confeti con qué engalanarse. La esplendidez del minero se verá recompensada con una dadivosidad del Tío en forma de pronto y pingüe filón de plata (y ya casi agotada ésta, pues que sea de los nuevos minerales como el estaño, plomo y zinc, que también son bienvenidos). Un defecto en la observancia del respeto traerá a buen seguro su cicatería: merma en el mineral y más ganga y lo que es peor, accidentes y derrumbes con sepultamiento. Los mineros noveles y jóvenes que soslayan al Tío enseguida son enmendados la plana por los veteranos para que le atiendan con suficiencia no vaya a ser que traiga mal agüero. Y en esas estamos....
Cada mina tiene su propio Tío, y son varias decenas de ellas las que siguen vigentes, y más de cinco mil galerías las que horadan el cerro cuyo interior es como un queso de Gruyère. Decenas de Tíos pueblan lúgubres escondrijos, tan solo ornamentados con los chupiteles blancos del arsenio, esperando veneración y agasajos de los esforzados mineros, que no tienen bastante con la que les ha caído encima sino que tienen que estar igual de pendientes del amo de las profundidades. De tal suerte que si topan con buena vena de mineral es el Tío el que les ha mostrado su júbilo; y si no es así, es culpa de los mineros que han sido rácanos y desagradecidos en ofrendas y plegarias. Muy buena la postura del señorón que así nunca falla y siempre cae de pie como los gatos...
Con todo y con ello, y a pesar de la incomprensión y perplejidad, el descubrir estos tesoros de la idiosincrasia de los pueblos es lo que hace que el viaje sea, más que un período de disfrute vacacional, una experiencia vital que nunca cae en saco roto...