miércoles, 20 de enero de 2016

Estampas bolivianas: La Paz



La Paz ocupa toda una hoya que el altiplano ha permitido excavar. La ciudad de arriba, de la meseta, quizás más populosa aún, es El Alto. Las barriadas suburbiales se apostan en sus laderas mientras que el fondo del vaso queda para el alma de la ciudad y, ya en el extrarradio, para las zonas residenciales ricas.

Por el fondo de la hondonada, digo, o por la quilla que dirìamos si asimiláramos tal hoya a una gran nave, queda atravesada por la gran avenida. Como La Paz ha ido creciendo sin orden ni concierto, esa concurrida arteria vial drena necesariamente, ya que no hay otras vías alternativas, todo el tránsito de vehículos y personas; no se puede ir a ningún punto de la urbe sin tener que pisar tal avenida en algún tramo.




De esa guisa, cruzarla y discurrir por ella es reto solo para titanes, como considero a los paceños. Pero éstos han conseguido hacer de ese maremagno un baile donde todo el mundo es capaz de irrumpir en la pista sin tocarse; pues el empujón y el embiste en la pugna por abrirse hueco es solo intencional.

Comienza el baile. Y a la palestra concurren los destartalados y bocineros autos; los minibuses con el pinche cantando a través de la ventanilla las próximas paradas, confundida la retahíla con un reguetón que exhala su interior; taxistas de conducción nerviosa, parejas de amartelados adolescentes que en las ciudades andinas van pegados como lapas; los apresurados ejecutivos; las elegantes señoras cholas, inmaculadamente vestidas al uso tradicional, con sus brillantes y coloridas mantillas y chales y el sombrero bombín bien calado; las vendedoras, siempre cargadas con el género dentro del pesado fardo; escolares uniformados al uso de algún colegio con nombre de papa, santo o virgen; el mendigo sin rumbo fijo y cómo no, el malabarista que aguarda y acecha en el atasco en busca de calderilla que a cuentagotas le va cayendo.

Y todos ellos en la escena se cruzan y pasan y milagrosamente no pasa nada porque los paceños, en definitiva, han conseguido hacer de ese caos y con perfecta sincronía de movimientos, puro arte. Es el orden de la entropía y la belleza del desorden.

La red de teleféricos que se ha diseñado (tres en marcha y otros tantos en proyecto) aportan un alto grado de sensatez a la movilidad urbana, pues permite alcanzar grandes distancias rápida, económica y placenteramente, favoreciendo el solaz con las excepcionales vistas de las montañas, sobre todo del omnipresente guardiàn Nevado Illimani, sentir el silencio y respirar aire limpio. Y para el turista el sobrevuelo supone la mejor forma de captar la magnificencia, exceso y raro diseño de esa gran ciudad.

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